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Ceuta: una frontera que nos interpela

Ceuta: una frontera que nos interpela

Saturday, September 5, 2026
La respuesta cristiana no es ni debe ser ingenua, tampoco debe ser ciega ante la complejidad del fenómeno migratorio, ni de las políticas migratorias. Por el contrario, debe exigir políticas migratorias humanas, serias, ordenadas y solidarias. Eso sí, recordando siempre que ninguna de ellas puede olvidar que el criterio último para juzgar cualquier política migratoria no es la seguridad de unos pocos, sino la dignidad de todos Pocas realidades concentran tantas contradicciones como las fronteras: unen y dividen, protegen y excluyen, salvan vidas y, a veces, también las arrebatan. Hace poco más de un mes, vimos cómo miles de personas cruzaban la frontera que separa Marruecos de España. En tan solo 48 horas aproximadamente se perdieron centenares de vidas en el mar. Lo ocurrido nos lleva a pensar que lo que ha pasado en Ceuta no es un asunto aislado o puntual, por el contrario, es otro síntoma más de nuestras políticas migratorias enfermas. De ahí que sea importante advertir que lo ocurrido no puede ser simplificado. Detrás de esta irrupción en la frontera, existen diferentes intereses, que nos llevan a pensar que lo de Ceuta no es una “crisis migratoria”. Como ya ha indicado la academia innumerables veces, en muchas ocasiones la migración suele ser utilizada para fines coercitivos. Esta manera de proceder, la hemos visto en otras fronteras como la de Libia o Túnez, donde se instrumentaliza a la migración, hasta convertirla en un arma de presión, o en una palanca para obtener ciertos beneficios. Esta cuestión, o esta manera de funcionar, es también una estrategia fruto de la externalización de las fronteras, y que en el caso de la UE se pone en práctica con Marruecos trasladando al país africano parte del control migratorio y delegando en las autoridades marroquíes la tarea de vigilar, frenar y gestionar los flujos migratorios antes de que lleguen a territorio europeo. En la práctica, la externalización se materializa en: financiación para la vigilancia y control, cooperación policial y de inteligencia, acuerdos de readmisión y retorno de personas migrantes.    Lo que tenemos claro es que, de esta crisis, ningún gobierno sale bien parado, que la sociedad ceutí experimenta una sensación de abandono absoluto y que las personas migrantes vuelven a ser víctimas de un sistema migratorio fallido y de la construcción de narrativas que los deshumanizan para convertirlos en “invasores”. ¿Qué tiene que decir la fe cristiana ante todo esto? Me atrevo a afirmar que mucho, y no como un apéndice piadoso, sino como el corazón mismo del mensaje evangélico. Desde el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel recibe un mandato muy concreto: “no maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en Egipto” (Éxodo 22, 21). Y en el Evangelio, Jesús se identifica directamente con los migrantes: “era forastero, y me acogisteis” (Mateo 25, 35). No se trata de una metáfora más, es, en toda regla, un criterio evangélico: en el migrante que llama a nuestra puerta vemos el rostro de Jesús y en el ejercicio de la hospitalidad nos jugamos nuestra esencia cristiana. Por eso el Evangelio es tan rompedor, porque nos descoloca sacándonos de nuestras zonas de seguridad y de confort. Por su parte, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ha traducido este mensaje evangélico en principios muy concretos: la dignidad inviolable de toda persona humana, sea cual sea su origen o su situación administrativa; el destino universal de los bienes, que recuerda que la tierra es de todos y no solo de quienes nacieron en el “lugar correcto”; la solidaridad, que exige responsabilidad compartida y no que unos pocos países o ciudades —como Ceuta— carguen solos con el peso de la acogida; y el bien común, que no puede construirse a costa de la vida de quienes huyen del hambre, la guerra, la pobreza o la persecución. El papa Francisco resumió todo esto en cuatro verbos que el papa León XIV ha hecho también propios: acoger, proteger, promover e integrar. No son cuatro verbos que hablan de nuestra buena voluntad cristiana, se trata de un itinerario pastoral, de la respuesta común de la Iglesia ante la realidad de las migraciones: “la Iglesia está dispuesta a comprometerse en primera persona para llevar a cabo estos cuatro verbos. Sin embargo, necesita de la contribución de la comunidad política y de la sociedad civil, cada uno según sus responsabilidades”. (JME, 2018). Así mismo, aún resuenan en nuestra cabeza las palabras pronunciadas por León XIV en el muelle de Arguineguín: “Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas.  Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad.  Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros”. Al mismo tiempo, pidió también a los países de origen que generen “condiciones de paz, justicia y desarrollo”, y a los países de tránsito y acogida que “protejan a los más débiles” y “no los dejen caer en manos de redes criminales”. Días después, su Santidad, en Tenerife, reunido con personas migrantes acogidas en el centro Las Raíces, resumió su mensaje con una frase, que hoy también podemos aplicar a Ceuta y a cualquier frontera: “todos, de algún modo, somos migrantes, todos somos peregrinos”. En definitiva, hoy Ceuta nos interpela, como nos interpela toda frontera. La respuesta cristiana no es ni debe ser ingenua, tampoco debe ser ciega ante la complejidad del fenómeno migratorio, ni de las políticas migratorias, por el contrario, debe exigir políticas migratorias humanas, serias, ordenadas y solidarias. Eso sí, recordando siempre que ninguna de ellas puede olvidar que el criterio último para juzgar cualquier política migratoria no es la seguridad de unos pocos, sino la dignidad de todos. Y que, como recordó León XIV frente al Atlántico, la voz de quienes sufren en el mar debe llegar “a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas”. Escucharla, y actuar en consecuencia, es hoy, también, una tarea evangélica. La entrada Ceuta: una frontera que nos interpela se publicó primero en Fundación Pablo VI.